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sábado, 16 de octubre de 2010

Erase una vez nosotros #5


CAPITULO 5
Un nuevo juego: El gato y el ratón


Bien, me daré la vuelta, te dejare ir como un hombre de verdad. Me quedare en silencio detrás de ti, sin molestarte, mirándote desde lejos sin que lo sepas, para que olvides completamente mi existencia. Pero sabes bien que no estoy renunciando a ti, todo seguirá igual en mi mundo, yo soy tu chico y tú mi chica. Así que no te preocupes cuando colapses y caigas, yo volveré.
2pm♥ -I'll be back



Solté un tremendo suspiro que emergía del fondo de mi alma; agradecida por el descanso pero triste por saber que eso jamás sería eterno, ni aunque fuéramos inmortales sucedería.

Íbamos caminando entre todas las calles anticuadas de esa tal ciudad, Surrey, hablando de nada y afortunadamente siempre juntos, no podía evitar sonreírle de vez en vez, ya que quería contagiarlo, parecía una roca… una linda, por cierto.

Desde el momento en que me dio esas cosas tan cursis -¡Perdón! no podía evitar aquel oso de peluche fuera de mi desagrado, aunque tenía ojos acosadores y coquetos que me causaban gracia-. Un momento, de regreso a mi pensamiento anterior; Anne, ósea yo, dije perdón. Algo…

–Ten cuidado– espetó Peter con voz grave sujetando el cuello de mi vestido, ya que parecía irme a en medio de la calle dónde los carro no iban lentamente.
–¡Oh! Me has salvado la vida ¿Cómo puedo recompensarte buen hombre? –comenté andando de reversa para verlo directo a la cara, pero éste miraba a otros lados, concluí que era tímido.
–Simplemente camina por una línea recta imaginaria – otra vez me jaló, antes de que tropezara con una ancianita en silla de ruedas, esta vez sentí la llamada vergüenza.
–¿A dónde vamos? – le pregunté viendo que aumentaba la velocidad en el paso, y observando como traía Zoey mis regalos.
–A casa– finalmente me miró, aunque fuera de reojo.
–Bueno, ha sido bonito el rencuentro, Peter. –moví mis manos de un lado al otro, hasta le di un manotazo en el hombro–… Pero tengo que volver, ¿Recuerdas que vengo de América? Tengo que ir a buscar a Kevin, mi primo, y luego encontrar a mi amigo Jim, así que…
–¿Bromeas? – cuestionó el rubio tóxico de Ethan, era buena memorizando nombres.
–No– dije parándome en seco entre el tumulto.
–Ustedes bromean, ¿verdad?

Ninguno de los tres me respondía, solamente Peter se regresó desde enfrente para jalarme del codo. Ese tipo de actitud que volcaba en los hombres en definitiva no me agradaba era como si yo quedara en la nada y fuera una inútil.

–¿Quién te crees que eres? –le pregunté crispada de la rabia, ahora me sentía como un animal que en cualquier momento saltaría a cazar a su enemigo.
–¿Y tú piensas que me gusta tratarte así? –susurraba él sin perder la calma, cuando volví a darme cuenta de lo frío de sus palabras que no encajaba con la suave mirada que me daba, me tranquilicé.

Yo pensé que ya nada nos unía, por tal, me quité el collar que supuestamente era de su bisabuelo, que logré conservar todos estos meses, así que al final tomé su mano y lo puse en ella.

–Debe estar en el lugar que pertenece, siempre fue tuyo, no mío. –le dije
–A ti te gustan los juegos. –cambió repentinamente de tema todavía con el collar en la mano.

Sorprendiéndome de nuevo, puso velozmente sus dos brazos un poco más abajo de mis hombros, si alguien miraba de una diferente perspectiva pereciera un abrazo, aunque no lo era. Recargó su cabeza en mi hombro delicadamente, desde otra nueva perspectiva parecía que me decía cosas lindas al oído ¿por qué? Pues yo sonreía como una tonta, no solía pasarme ese tipo de cosas y lo peor fue mi reacción, se me ocurrió poner mi mano en su cabeza para acariciar su suave cabello.

Suspiré para poder continuar a decirle con voz clara: “Si”.

–Eres un ratón– me apretó demasiado a él, supuse que sabía que iba a reventar hasta enloquecer.

Era tanta la presión que tenía, que casi no respiraba, y lo que le decía salía muy débilmente de mi boca. Quería golpearlo, por primera vez en mucho tiempo de tener autocontrol, pero me apretaba hacía él y eso no me gustaba.

–¡Suéltame! –alcancé a gritarle.

Yo tenía el rostro junto a su pecho, y hasta donde entendía a algunas personas darían lo que fuera por estar así cursimente con su pareja, pero para mí esto era una prisión.

Fue entonces que me di cuenta que había dejado de apretarme un poco, ya que quitó uno de sus brazos y después a éste se le ocurrió verme, así que sintiendo su mirada quise verlo, ya que él era más alto que yo, me iba a sentir ridícula si me ponía de puntitas para observarlo mejor.

Me percaté de que ya no percibía mis pies en el suelo, además de que lo miraba frente a frente por primera vez, pues Peter me levantó.

–Sé que te llamas Annette–repitió por primera vez diciendo mi nombre, por supuesto que me quedé estática debido a que mi horrible nombre pronunciado por Peter se escuchaba mucho mejor –No he terminado, lo que quería decirte antes que te pusieras histérica es que tú eres el ratón y alguien más el gato ¿acaso no conoces el juego del gato y el ratón?

No le respondí con palabras sino con ademanes que por supuesto que no.

–Tú sólo vete, yo algún día regresaré y me encontraras otra vez. –pronunció sin gota de que hubiera algo más que la oración.
–¿Y qué se supone que debo hacer yo por mientras?
–Sólo prométeme que será así.
–Creo que… lo prometo. –fue cuando me bajó y me dio espacio, pero en aquel entonces, ya no lo quería.
–¿Cómo puedo estar tan segura que vas a volver?
–Sino sucede, tú vas a volver a mí, por eso te digo que te vayas. Yo, Peter estoy seguro de que sucederá.

Por supuesto que no me quedó nada de claro lo que dijo pero aún así fingí que comprendía lo que decía, pues pasara lo que pasara él no significaba nada o eso creía.

–No lo entiendes ¿ó sí? –Respiró una ventisca helada que pasaba –Pienso que así confiaras en lo que te digo, vendré a que me devuelvas esto. –

Sin equivocarme de lo que acontecía, lo que me dio fue un beso en la frente. Ahora estaba segura de que regresaría. No obstante, ahora tenía un poco de miedo y no sabia porqué.

–¡Pet! ¿Qué crees que haces? –llegó gritando Zoey y asustando a un par de perros que andaban por allí.

Creía que no le gustaba nada de aquello que pasó entre nosotros, debido a que tiró todas mis cosas, bueno, descubrí que mi miedo era por su presencia tan fantasmal; esos ojos no los olvidaría pues los mostró cuando aplastó las flores que Peter me regaló y destruyó el oso de peluche con sus manos.

–Eso no debió de suceder Peter, y lo sabes–comentó demasiado tranquilo, Ethan poniendo una mano en la cintura de Zoey..
–¡Ella no! – siguió gritando la rubia

Cuando pensé que algo horripilante me haría, el tiempo fluyó repentinamente… volvió a salirme ese ruidito de mi pecho al momento de escuchar ese golpe que me punzaba en los oídos ya que Peter le dio un manotazo a Zoey, la que pensaba era su amiga, o algo más.

Ethan en lugar de verle a él de mala manera, lo hizo conmigo y se acercó a decirme:

–Desde este momento, Zoey, Peter y yo, no hemos existido en tu vida, nunca nos has visto.

Para entonces ya me había desconectado de la realidad, los rubios se fueron y tuve la sensación de que los volvería a ver, a pesar de hallarme con palabras contradictorias entre Ethan y Peter. Decidí crearme una propia conjetura al respecto.

–Anne –nuevamente me impresionó la forma en que pronunciaba mi nombre–No te diría tan seguro que te fueras sino sabría que nos volveremos a ver, recuerda que cuando te caigas, yo en ese entonces volveré, será lo mismo.

–Gracias–

Él por fin sacó una sonrisa, a pesar de que se notaba triste. Para finalizar la despedida me tomó rápidamente de la mano y la besó.

Cómo siempre al final de tan buenos momentos llegó la dura verdad, yo me encontraba sola en este mundo, y en verdad lo estaba.

Volví a la estación de tren esperando tropezarme con Kevin, eso jamás sucedió. Me vi en la necesidad de ir a buscar a Jim pero el supuesto lugar de la convención no existía, en su lugar se plantó un almacén de comida enlatada. Bueno, no me quedaba más que ir de regreso a Surrey con Daniel y mi “familia”.

Arribé bastante cansada y con muchísimas ganas de dormir, no paraba de pensar en lo que tuve que pasar desde que conocí a los Rutherford. Toda la casa de Luke y Miranda Witt (que en paz descansara), se hallaba oscura sin una luz prendida, la puerta estaba cerrada y toqué el timbre, no una sino varias veces pero nadie salió. Empecé a desesperarme, sin embargo el traer un vestido no me importó e intenté meterme a la casa por alguna ventana. Escalé por donde pude y al final no logré nada; todas estaban herméticamente cerradas o algo por el estilo, sólo gané que me salieran callos en las manos.

Me dio tanto sueño, que no pude más y recargué mi cabeza en la puerta delantera, y aún con el frío me dormí. Vaya noche que pasé. Desperté gracias a algo pegajoso que advertí en mi rostro. La toqué y me di cuenta que era baba, pues un perro andaba por allí.

–¡Hermione! ¡Deja de mear a Anne!
–¡¿Qué?! –me levanté escupiendo
–No es cierto –se rió la dueña de la perra –Lo hice para que te despertaras, soy Ellen, mucho gusto. –me tendió la mano

Le acepté la mano a la pelirroja, ella parecía ser amable.

–¿Tú debes ser Anne, no? –
–¿Cómo lo sabes?
–Surrey es tan pequeño que te aseguró que todos saben todo de ti, como tu peso, tu estatura y tu estado civil. –la observé con un tipo de ojos cuadrados– Mal chiste, no tanta información. ¿Qué haces aquí? Según tenía entendido Marvin y los otros regresaron de vuelta a América
–¿Qué dices?
–¿No sabías? –cuestionó insegura.
–No, anoche llegué y nadie me abrió la puerta pero no creo que sea así.
–Luke, como creo que sabes volvió a su puesto en la armada, por lo tanto no podía cuidar a su hijo y decidió enviar a Michael a un internado, no había quien lo cuidara o eso creyó él, pero en fin el punto es que no hay nadie, pensé que tú… bueno, mejor no lo digo.
–Gracias –dije tristemente con un nudo en la garganta y quise salir corriendo, pero alguien me detuvo en ese instante, ¿por qué esas cosas me pasaban?
–¡Hey, Anne! –me dijo el tipo –Soy Josh

Le sonreí forzadamente y quería otra vez intentas correr pero me frenó reiteradamente de hazaña.

–Creo que no tienes a dónde ir, aunque suene cruel y despiadado.
–Si, lo sé.
–Puedes acompañarnos, a mí y a Josh.

Él se veía de la edad de Kevin y ella un poco mayor, pero parecían agradables, pues no eran tipo Edgar, George o Brigitte que andan siempre con fachas estrafalarias sino más deportivos y me daban confianza.

Ni siquiera aprecié nada, solamente quería estar lejos de ellos, pero mi razón me decía que ellos no tenían malas intenciones. Me dieron paso a una casa que no estaba muy lejos del instituto en el que estudié un año. Creo que la casa era de Ellen, en cuánto entramos, me senté en el sofá.

–¿Y cómo ha estado Kevin? –preguntó la chica de ojos verdes, muy bonitos según yo. –Ya no se ve tan mal.
–Te acuerdas de pequeños, cómo estaba de amargado –comentó Josh junto a su… no sé que era Ellen de él, y con la boca llena de galletas de animalitos.
–Sabes perfectamente que de niño lo molestaban, por su peso. Y por lo de…
–¿Ustedes conocen a Kevin?
–Diría que bastante bien –se rió levemente– Él es mi hermano menor, y por lo que oigo estoy segurísima que no te habló de mí ni siquiera el día en que nos vimos.
–¿Eh? –le contesté.
–La noche en que se metieron a la mansión Winfrey, yo era aquella chica que te salvó de Kevin, ya sabes alguien llamó a la policía que se andaban metiendo a ese lugar, mi papá me avisó y mejor fui a decirles antes de que otra cosa sucediera.
–Increíble, creo que aquí soy la persona que salgo sobrando en todo.
–Si te sirve de algo, yo también he pasado por cosas malas. No te tienes que ir, no hay un lugar al que vayas, es mejor que te quedes aquí.
–Puedes quedarte–Dijo Josh, yo lo miré algo confundida.
–¡Ah! Ellen es mi prima, yo vivo también aquí.
–En realidad no somos nada, pero eso es otro cuento. –dijo mientras se ponía un delantal de cocina –¿Vienes?
–¿A dónde van?
–A trabajar, mi papá es dueño de un local de comida, además de ser el sub jefe de la estación de policía de la ciudad.
–Creo que no tengo opción, así que vamos.

Ni siquiera había dado un paso afuera cuando Josh me dijo que no estuviera triste, que todo iba a estar bien mientras tocaba mis hombros.

El restaurante, estaba bastante retirado de la hermosa casa de Ellen, se me a figuraba a la de Blancanieves, como la imaginé. Pues quedaba a la descripción de aquella.

El lugar estaba cerrado pero cuando entramos, me ofrecí a ayudarles en lo que fuera, ellos amablemente dijeron que podía ser la mesera, sólo por ese día. Las personas rápido llegaron y comencé a hacer mi trabajo.

En general iba bien hasta el momento en que entraron George, Edgar y Brigitte, de cualquier manera tenia que atenderlos pues no había nadie más.

–¡Hola! –Llegué diciéndoles –¿Cómo han estado, chicos?
–Quiero un vaso con agua al tiempo, y tráenos rápido el menú. –ordenó fríamente sin verme a los ojos mi supuesta amiga Brigitte.
–Ey mesera, no te tomes atribuciones que no te corresponden, solo eres eso. –dijo Edgar–¿Verdad, Brigitte?
–Si como digas.
–¡Apúrate! Tengo mucha hambre
–Ni siquiera has pedido algo –me defendí contra George después de todo lo que me había hecho.
–George, deja de enfadar si no quieres la puerta es muy grande para que salgas por ella.
–Ya, Joshy poshyi, creo que tuve que soportar mucho tiempo a Ellencita con su onda rara, ahora por favor solamente queremos que nos dejen de rugir las tripas.

Josh, Ellen y yo suspiramos profundamente.

Está bien me sentí muy dolida no solo por su actitud, sino por miles de situaciones que se amontonaron oprimiendo a mi corazón sin dejarlo un segundo descansar. Y por algo tan extraño cuando pensaba en que descansar se me venia a la mente “Peter”.

Para aquel momento creía que nada tendría que ver él en mi vida, qué equivocada estaba.

No había nadie disponible que no fuera yo en ese misma noche cuando casi parecía explotar el lugar. Sonó y sonó el teléfono desesperadamente por lo que contesté a la milésima vez, tal vez exageré un poco, pero si que sonó.

–¿Diga? –contesté
–Eres tú –dijo la voz furiosa de un hombre
–Si soy yo, ¿quién más sería?
–Mi Vivi…
“¿Qué tengo que ver yo con esa Vivi?”


*Vivi, si es por ti :) lalalala*

Para mi papá que sabe que lo amó, para ti es esto :)

sábado, 28 de agosto de 2010

Erase una vez nosotros #Capitulo 4



Un instante empalagoso





Si analizo el regocijante pasado siento que no era esa misma persona, llamada Annette. Es como si esa niñita huérfana fuera la Anne valiente, la que no tiene miedo decir lo que piensa, aquella que no paraba de correr y que nunca se alejaba de su hermano Caleb por miedo a no volverlo a ver; y ahora simplemente “esa” se quedo en un cajón de recuerdos.

Entre esperar a Peter, el collar que me dejó a cuidar y los problemas emocionales de Kevin, me consumían el corazón. Por lo menos eso era lo que pensaba cada noche, ya que no podía descansar, ocupaba arrullarme con alguien, pero el vivir en una casa que no era la nuestra no facilitaba irme a dormir con Daniel, ya que éste compartía habitación con Michael, el pequeño hermano de Kevin.

Nunca amanecía en la habitación de la noche anterior, siempre regresaba al ático… Todo igual de monótono durante 1 año, increíble ¿no?.

Era absolutamente contrario a lo que estaba acostumbrada, podía describir los cuatrocientos días que habían pasado. Pero después de todo, seguí esperando a qué la felicidad llegara junto a mi preciado Kevin.

A cada latido de mi corazón razonaba lo que ocupaba un lugar en él. No había manera de explicar lo que pasé junto a ellos, todo era una farsa. Me convertí en el maniquí de todos, sin siquiera estar enterada de lo que harían de mí. Al paso de los segundos, sabía que mi vida ya tenía un desenlace.

Este día seria especial, lo sentía, era menos que un presentimiento, y no llegue a esa conclusión pensándolo mucho. Después de tanto tiempo -con cambios de por medio- pude volver a hablar con Jim, hablamos por horas, al final quedamos en vernos en una convención de mangas japoneses en Surrey. Aun persistía el querer volver a ser esa Anne, o más bien Meme.

Traía un cosplay de Yunuki personaje de mi caricatura favorita “Háruko”, una chica con cabello rosa empalagoso hasta el hombro y con copete incluido, un vestido blanco con un tutu de bailarina de ballet y unas tipos zapatillas converses grises. Además de las señas del ocaso, unos espirales de color azul turquesa en la cara que significaban poder y sabiduría.

Bueno, el punto fue que iba vestida de esa forma. Soportaba ser la burla de todos, pero en esta ocasión el tiempo valía oro por lo que decidí irme temprano, en cuanto el supuesto sol diera los primeros rayos.

Bajaba los escalones mientras canturreaba una canción que por alguna razón extraña traía en la mente; hasta que escuché como alguien –ese alguien sabía quién era- se reía. Reconocería esa risa burlona y pesada en cualquier parte.

Dejé que él disfrutara el momento, cuando estuve abajo noté que llevaba consigo unas maletas, eran muchas.

– ¿Te vas de la casa? – me atreví a preguntar, y burlándome de tal situación inconcebible.
– ¿Tú, a donde vas? ¿al circo?
– A Surrey con un amigo.
– ¿Amigos? ¿Los tienes?

Aprendí en ese tiempo del sarcasmo de mi “primo” Kevin. Yo "niña" como él me reconocía actuaba de una forma sumisa pues creo que al conocerlo más se convirtió en un mundo que siempre quería visitar.  No lograba ser la verdadera Anne con Kevin a mi lado, pero tuve un límite.

 Lo ignoré.

– Lo siento –Dijo siguiéndome a la cocina
– Si, como digas sensei– dejé en claro que estaba molesta, jamás le había hablado así. Era yo su mayor fan. Ahora comprendía que si tenía efecto tratar así a los hombres. Kevin me miró fijamente, rara vez me notaba entre todas sus cosas pero después de mi contestación, me quedo más ilustrado porque este chico me volvía una loca.

– Prepárame un café. –ordenó fuertemente.

Hice una mueca, y él me hizo otra diciendo que actuara más rápido que Flash y de inmediato lo empecé a hacer aunque a regañadientes.

– ¿Estás en tus días? ─indagó viendo mis mejillas rojizas.

Abrí mis ojos más que Keroppi sólo que muy indignada, estuve a punto de irme. Este me retuvo agarrando mi muñeca.

─Han sido cosas y no quiero escucharme cursi, niña. ─siguió secamente─ No eres tan mala preparando desayunos, los que hacías antes de que fuéramos al instituto estaban pasables. Y aunque no lo creas bruja, extrañare el silencio de nuestras conversaciones. ─ tartamudeó tanto y lo dijo tan lento que fue difícil entenderle, pero si me quedó claro

Alejé su mano que todavía me sujetaba,  él me miro con cara de perrito triste.

– Y tú que te lo crees –me dijo viendo mi rostro sin parpadear –
– ¿Ahora si me dirás a dónde vas? Me estoy preocupando.
– No tengo muchas ganas –se acostó en la isla viendo hacia arriba y poniendo sus manos en el cuello –

En ese mismo momento tuvo alguien que interrumpir el teléfono, no quería que nadie se despertara por lo mimo lo contesté susurrando las respuestas.

– ¿Está Kevin, Anne? – preguntó la clara voz de Brigitte, la que se convirtió en una compañera del colegio – Dile que lo voy a extrañar

Quería saber a qué se refería, pero con Kevin a un lado, estaba claro que él me arrebataría el teléfono para poder hablar con ella, así que fui al baño para pedirle que me dijera de qué se trataba todo eso. Ella me lo contó, y no dudé en no despedirme, aventé lo que traía en mi mano y fui corriendo a buscarlo. Ya no se hallaba en la cocina.

Así que hice por salir corriendo a buscarlos hasta por debajo de las piedras, pero para cuando ni siquiera puse un pie en el patio delantero, ya me había encontrado con su imagen.

– ¿POR QUÉ NO ME LO DIJISTE? – le reproché a punto de llorar y observando cómo encendía un cigarro.
– Número uno no me hables así, hasta ahora. Número dos no estoy tonto, basta, te haces daño a ti misma.


Como siempre no se hallaba más que las nubes en el cielo, el viento soplando y los arboles moviéndose. Su cabello dorado no sé quedaba quieto y por más que unos simples sentimientos de cariño, no deseaba perderlo.

Kevin se quedaba sin expresión solo inhalando y exhalando el tabaco. Claro, volví a estornudar, no eran aromas agradables para mí.

– Siguen tus alergias ¿eh?
– ¡Idiota! ¿Ahora a quién le haré huevos revueltos en la mañana? –confesé con lagrimas cayendo hasta el suelo.
– Niña –suspiró – Apura tu lado infantil que se nos hace tarde.
– “Se nos hace tarde” – repetí
– El internado militar queda en Surrey, y cómo no conoces bien la ciudad estaría bien que vayamos juntos.
– Entonces –concluí– ¿Me estabas esperando?
– No – dijo secamente –Llévate una de mis maletas.

De ese modo nos fuimos caminando hasta llegar a la estación de tren. Ya había estado en muchas antes, pero todas para pasar la noche durmiendo en una banca. Ahora simplemente pasé jugar un rol diferente.

– ¿Ya habías viajado en un tren? –preguntó mientras esperábamos el susodicho.
– Técnicamente, de Surrey para acá.

Las personas me miraban muy raro, supuse que no estaban acostumbrados a ver mujeres con cosplays de animes.

– No la conozco– les contestaba Kevin alejándose cada vez un poco mas –En serio no la conozco, es una extraña.

Ya me encontraba perturbada y con ganas de sacarle la ignorancia de una cultura muy diferente. Sin embargo tenía mi rostro semi volteado y con la boca abierta cuando éste me aventó su chamarra en la cara.

– Por lo menos para que no te reconozcan.

De inmediato me la quité y se la regresé. Me la volvió a aventar y esta vez me contestó:

– Quédatela, hace algo de frio.

Pensaba responderle con un “gracias” pero en ese mismo momento llegó nuestro tren y tuvimos que subir. Así después volvió el silencio, yo me entretenía moviendo los pies y tarareando esa dulce y lenta melodía sin nombre.

– ¿Es de alguna de tus caricaturas extrañas?
– No me lo creerás, pero no lo sé.
– Eres tan distraída que no lo sabes.
– No exactamente, sino que desde anoche no puedo parar de tararearla.
– Desde que te conozco Miller, te he considerado rara.

“Vino a mi mente “Piensa lo que quieras, mientras pienses en mí”

– ¿De qué te ríes? – preguntó por primera vez en mucho tiempo mirando directo a mis ojos. – ¡PARA, asustas!
– Lo siento – me puse una mano en mi boca, y después de todo no me pude seguir conteniendo. Y no siendo mi intención, finalmente le contagié algo de alegría verdadera, sin sarcasmo – Te ves muy lindo sonriendo. –le comenté. Kevin lo tomó como si dijera lo contrario, endureció su semblante.
– ¡Hola! – sonó al lado del pasillo.

La propietaria del saludo era mas ni menos que una de las muchas que babeaban por Kevin, mucho mayor que él y que yo, pero ella todavía buscaba la oportunidad de entrar en el corazón del chico de ojos verdes.

– Ah –como no queriendo me miró de reojo aguantándose las ganas de burlarse de mi apariencia –Hola, ¿Cómo te llamas? ¡Ah, si! Annette Miller.
– Hola, Megan –le respondí– Un gusto verte.
– También es un gusto – cerró sus ojos supuestamente sonriendo totalmente– Kevin –revoleteó aún parada y jalando el brazo de éste –Tengo tanto que decirte...–otra vez viéndome –… A solas, por supuesto.

Estaba segura, y sin mirar la reacción de mi primo que él se quitaría la bufanda que traía por la sangre que le corría del coraje de tener que soportarla.

– Ve al baño –me contestó en un instante– Anda, que ni Megan ni yo tenemos tu tiempo.

Crucé los brazos pretendiendo haber escuchador mal, pues no creía lo que acababa de salir de su boca, después de tantos chismes sobre todas las personas en Shamley Green, a quién era la más bonita, la más buena niña, la más inteligente, bla bla bla, y Megan ganaba el puesto a la mas lambiscona. Y con creces llevaba ese título.

– Oye, te lo digo de la mejor manera posible, deberías ir al baño pues observo que tú no fuiste capaz al levantarte de mirarte al espejo y ver que garras llevas puestas. Tal vez si te miras, puedas recapacitar.

No me hallaba enojada, hasta eso estaba acostumbrada a gente de su tipo, a lo que no era dejarme denigrar más de la cuenta, por lo tanto me fui antes de que volvieran a correrme. No volví a encontrarme con ninguna de sus caras. Me fui por el pasillo pasando por varios vagones.

Cuanto más me alejaba, menos gente había en los ya mencionados, cuando pensaba en no hallar a nadie en ellos, no volví a ver la luz probablemente fue por el tren que pasaba por un túnel. Deseaba gritar o por lo menos correr, la oscuridad y yo, no nos llevábamos. Así que cerré los ojos y ahí mismo me senté en el suelo. Después por si sola la melodía que seguía sin nombre y autor, sonaba en mi cabeza.

– Te vas a arruinar el tutu – me dijeron dos voces.

Así que abrí los ojos, y me encontré en un vagón sin mucha luz, la suficiente como para ver a medias los rostros de esas personas ya que tenían persianas las ventanas. Ellos parecían ser los únicos allí.

– Me podrían decir dónde está el baño –me atreví a preguntar todavía en el suelo.
– Falta poco para que lleguemos a Surrey. –contestó al parecer una chica rubia leyendo un periódico.
– Levántate, y no es una sugerencia. –dijo el chico igualmente rubio, ellos dos parecían ser mellizos.
– Disculpen –me levanté de un salto –Yo tan solo iba al baño y al parecer me perdí, les agradecería que me dieran informes.
– Soy Zoey y él es Ethan…–siguieron ignorándome.
– Un gusto en conocerlos, chicos.
– Puedes sentarte “chica”. –dijo el supuesto Ethan.

Suspiré y lo volví a hacer hasta que salió un bostezo. Al momento de llegar a la puerta que me dejaba salir del vagón, me di cuenta que tenia seguro y comencé a preocuparme.

– Has esperado un año y no puedes esperar un poco más. – no reconocí la voz pero quise correr.
– Oigan vengo con mi primo y necesito verlo.
– Está bien –afirmó la rubia, no distinguía si era sincera. –Ve con él.

No corrí cuando abrieron la puerta sino que caminé tranquilamente sin girar atrás. Llegué sentándome al lado del asiento donde Kevin estaba. No lo dudé un medio de segundo, recargué mi cabeza en su hombro y le pedí que no dijera nada. Solamente quería descansar un ratito. Y ese rato se convirtió en todo el recorrido en el tren.

– Niña, ya llegamos. –avisó

Estirando los brazos y sonriendo fue como me despertó, yo le ayudé con dos de sus maletas, no obstante al parecer había cambiado algo:

– ¡Eres una debilucha! Supongo que no has comido bien ¿verdad?, dame mis –enfatizó la palabra– maletas, no quiero que las toques.
– Yo sólo quería ayudar.
– No ayudes al menos que lo hagas bien –comentó burlándose con el tono inocentón con el que le contesté.

Estuvimos hablando de otras cosas, como nunca, él tenia muchas ganas de pelear verbalmente pero yo no. Igualmente lo ignoré cuantas veces pude, hasta que salimos a una calle llena de personas, aquella era una ciudad tremendamente poblada y él con su rubio cabello alborotado –no podía evitar verlo- me advirtió que me quedara en donde estaba mientras buscaba a alguien.

Bien, no fue exactamente lo que hice. Fui a una pared a recargarme inquietamente estando de pie. Mi vista se perdía entre tantas personas que pasaban, luego entre todas esas una movía su mano de un lado a otro saludándome, era aquella rubia del tren: Zoey.

Sentía la sensación de dar de reversa y alejarme. Justo hubiera hecho un ademan, pero sentí una fuerte mano que sujetaba la mía.

– ¡Peter! – repetí al conectar mi mirada con la suya – ¿Qué haces aquí?
– Soy un cazador de tesoros, ya me tocaba estar por aquí.
– Vaya, yo estoy esperando a mi primo, a un viejo amigo… y a ti.
– Ya veo…–
– Antes que digas algo mas –me puse frente a frente – Verdad o castigo ¿Cuál escoges?

Se quitó los lentes de sol innecesarios y continuó sin expresión en el rostro:

– Elijo castigo-
– Ya dijiste, tal vez te arrepientas.

Es difícil de explicar, mi corazón y mi razón anhelaba hacerlo, estrecharme contra él, dejar que mis brazos lo abrazaran y quedarme quieta sin decir nada por lo menos en un pestañeo.

– No lo vuelvas a hacer, Anne.

Nuevamente después de tanto tiempo, ese ruido en mi pecho salió a brote. De su voz mi nombre se convertía en uno especial, dejaba de ser del montón.

– Tenemos que hablar… – repetimos los dos al mismo tiempo.

Yo me quede callada, él dijo algo que me sorprendió:

– Ethan, es hora de irnos dile a Zoey.
– ¿Tú los conoces?
– Somos compañeros. –batalló en terminar la frase. –Espero que no te hallan asustado.
– Esos dos son simpáticos –mentí fríamente.

Transformó todo lo que le envolvía, al fin pareció relajado y cómodo, a pesar de que su vestimenta lucía muy diferente a la última vez.

– ¿Cuántos años tienes? –le cuestioné con curiosidad al tanto me guiaba.
– No es relevante, la edad no importa. Ahora bien, me podrías explicar ¿Por qué traes el cabello rosa?
– Imito a Yunuki.
– Claro, una explicación como esa no tiene comparación. –pudo haber sido dicho con doble sentido pero lo pronuncio tan serio, que me lo creí.

Y olvidando la mayoría del pasado, quise decirle que tenia que seguir esperando a mi primo y luego a mi amigo.

– Cierra los ojos. –me pidió amablemente.

Éste se puso detrás de mí y me tapó los ojos.

– Ten, es para ti.

Enfrente de mí se encontraban en sus manos unas hermosas y frescas flores blancas, pocas pero cada una diferente, no las distinguía, Peter continuaba atrás y desde allí me susurró en el oído:

– Felices dieciséis, no sabes cuánto he deseado que ocurriera este día.

Y me quitó mi peluca rosa y soltó mi cabello en un jalón. Por un momento fue bonito y de color rosa pastel…

COMENTARIOS PERSONALES: Con amor a mi Padre



martes, 27 de julio de 2010

Erase una vez nosotros #Capitulo 3

Capitulo 3 "Fue aprobado por los cielos, tú eres mi amor"

Incluso si te miro otra vez, tú eres mi amor. Incluso si pienso cientos de veces, yo soy tu amor, fue escrito en los cielos, tú eres mi amor… Incluso si volviera a nacer, sólo espero por ti. Fue aprobado en los cielos, eres mi amor..Sólo nos separamos por un momento
F.T. Island -바래



Por alguna razón el destino decidió quitarme lo más importante, en realidad lo que las otras personas consideran inigualable; por lo menos para mí no es de esa forma. Tal vez agradecería al encargado de eso, simple, porque éste chico pasaba por lo mismo. Y al verlo queriéndose tirar por la ventana por una pérdida que en algún momento superaría, más que molestarme o darme lástima, pensaba en que a nosotras nos llamaban dramáticas ¿Y ellos qué?.

– ¡Hola, hola! – Le grité poniendo mis palmas de las manos en las comisuras de los labios – ¡Vamos! Piensa un poco más antes de que lo hagas, sí quieres puedo ayudarte.

A través de un santiamén, y sin darme cuenta de la velocidad, quitó mis manos que lo sujetaban para que no saltara, ni me percataba que se encontraban ahí. No se giró para verme; nuevamente sin yo poder hacer algo, él se aventó por la ventana y yo grité aterrada por otro funeral.

El terror se escaseó pues escuchaba perfectamente como me callaba, suficiente irritado y asiéndome entender que se hallaba vivito y coleando.

Di los pasos que tenía que dar para llegar al tope de la ventana y con un fuerte viento que chocaba contra mi rostro bajé la vista y observé un tejado donde Kevin estaba intentando bajar al suelo a una corta distancia.

– Así que no se suicidaba – le comentaba al viento
– La meta es la misma… –me respondió, Kevin –…Niñita–

Quise contestarle inmediatamente por la manera en que me llamó, pero fue en vano; balbuceé obscenidades viendo en la intemperie como el chico batallaba en poner los pies en algo estable. Suspiré y salté directo al suelo, no al tejado.

– Es cuestión de saber cómo caer sin lastimarte las rodillas
– Es cuestión de no ser una señorita presumida como tú –contestó estando a mi lado.

Y comenzó su andanza entre la temible noche

– ¡Regresa a la casa y diles que estoy durmiendo!, en especial a Luke.

Me hallaba sorprendida por su hostilidad, no tanto ya que algo en mi interior se revolvía y sonaba muy fuerte como si hubiera un temblor dentro. Más allá, lo encontraba fascinante era como si viera a un famoso y quisiera pedirle su autógrafo.

Huyó esa preciada oportunidad que surgió en mi cabeza, ya que sus pasos eran rápidos y casi no lo apreciaba, corrí amedrentada por la calle que ahora pisaba.

– ¡Espera! – Grité pretendiendo alcanzarlo para encontrar en él refugio.

Se detuvo instantáneo al momento en que puse mis manos entre su brazo izquierdo para pegármele. Supongo que rebasé el límite estipulado de no invadir su espacio exterior, parecía de cierto modo a un chicle desabrido y amargo, alguna vez debió ser dulce; y yo esperando que dijera “Annette, no te despegues no quiero que te pierdas”, pensándolo mejor eso sonaba como si yo tuviera cinco años, además que desde entonces me puedo cuidar sola excepto cuando cambian lugar el sol por la luna.

– ¿No has entendido las indirectas? – dijo tomando aire después de empujarme–
– Creo que ahora sí –
– Vete y diles como una niñita buena, que estaba cansado y me dormí. Se supone que tú también lo deberías hacer. ¡Así que andando! –
– Ni siquiera sé dónde estamos. –
– Cosita, estamos en Shamley Green.
– ¿Cosita? –

Repetí dejando de ver a Kevin puesto que no era su voz, en el segundo que volví a verlo, no consideraba mi existencia. Sus ojos simplemente me dejaron a un lado para ver detrás de mí, donde resonaba “Cosita”. Me giré sin estar consciente de las personas que se hallaban en el carro color arena se convertirían en algo más que conocidos, y algo menos que amigos.

Imaginé por las señas de que me dejaría, plantada. Sin embargo, fue sorprendente una palabra contradictoria que me hizo sonreír.

– ¿Vienes? – preguntó sin alzar la voz.

Igual que una emergencia hui de la catástrofe y entré al automóvil, por el lado contrario que él. Dentro solo percibía tres rostros borrosos, Kevin, unos asientos de piel que molestaban a mi frío trasero y un asqueroso olor a alcohol.

Estornudé -sabia que sucedería- muy fuerte.

– Agarra un pañuelo desechable – ordenó la persona de mi lado, con una voz muy dulce y empalagosa, era una chica tal vez de mi edad, supuse.

En un trance me quedé, pensando tanto del pasado alejándome del presente sin saber el porqué.

– No están envenenados ni nada semejante. – exasperó Kevin –No dejes a Brigitte con la mano colgando.

Eché un rápido vistazo a la mano que traía el pañuelo, al instante Kevin se lo arrebató y me lo empujó fuertemente en la nariz diciendo “Suénatelos bien”.

No te enojes, cuenta hasta mil… y si no se te pasa, dale un golpiza en donde más le duele; pensé. Después de eso, todo se apaciguó permitiéndome descansar levemente y disfrutar el paisaje del pueblo, al menos hasta que el chico que conducía se dirigió a la carretera. Unos cuantos kilómetros más para que entráramos a un sendero. Cuando menos imaginé encendió las luces.

– Ya llegamos –anunció la voz de “cosita”. –Desde aquí tenemos que caminar.

Los cinco bajamos de prisa, los 3 chicos sin conocer de que parte salieron, comenzaron a beber cerveza. Kevin aluzaba con una lámpara de mano, el camino que seguíamos. A unos pasos se encontraba una valla con púas y un letrero que decía “PROHIBIDO EL PASO”.

– ¡¿Qué rayos?! Hace tres años no había nada de esto. –dijo el tipo-cosita.
– Estaba segura que algo parecido sucedería. – me susurró la rubia de voz asfixiante. –Por cierto soy Brigitte –le quitó la lámpara a Kevin y lo alumbró.

Para mí los hombres no significaban nada, todos tan iguales, todos tan monótonos y nadie con sentido de valentía.

No conocía a Kevin lo suficiente pero tomaba esa sonrisa como un indicio de que el cielo aprobaba que mi corazón en cada latido que diera fuera sólo y nada más que para él. Y bien, aunque ya estuviera escrito por los cielos, al parecer los dos (o tres) perdimos el camino correcto.

Brigitte fue abrazada por él, Kevin la pegaba a su cuerpo, le acariciaba sus brazos y le mordía la oreja, diciéndole algo que envidiaba. Creía que era una facilita o simplemente los celos me cegaban: ella lo alejó y concentró su atención en mí.

– Kevin eres un pésimo anfitrión –le dijo a éste, mientras los otros dos seguían embebecidos mirando a la valla – Ya sabes mi nombre y del pelmazo de Kevin ¿Tú cómo te llamas?
– Annette –respondí viendo la reacción del “pelmazo” que se rió mucho antes de que finalizara – ¿De qué te ríes?
– Es muy anticuado como tú– me contestó
– Por sí no lo sabes todos me dicen Anne, no todos, la gran mayoría, pues también me llaman Meme.

Nuevamente le causó gracia e incluidos los demás se carcajearon mientras enfurecida tomé el puesto delantero y comencé a subirme por la valla.

–Era justo lo que necesitábamos, un conejillo de indias ¿Y por qué te dicen Meme?

No sabía quién fue el tonto que preguntó pero aun así le contesté.

– Me encantas, me enciendes.

Ya no se rieron, se enfocaron en subir por ella, primero fueron los dos más borrachos y después Brigitte con ayuda del empujón de Kevin, uno que me dio cólera; pero luego me revitalicé al ver la forma en que subió este.

El producto para damiselas se apresuró caminando, y nosotras “producto para caballero” nos quedamos atrás; ella no olía desagradable, más bien olía a flores. Se acerco cruzando su brazo con el mío.

– ¿A dónde vamos?
– A un lugar al que solíamos venir hace tiempo, antes era una maravilla y ahora…. ¡Ahh! –gritó dándonos un buen susto, divisé que daba manotazos a una telaraña.

Claro, Kevin vino a su rescate abrazándola y destruyendo al monstruo: una insignificante arañita.

– ¿Ustedes son novios? – me atreví a preguntarles
– Creo que nadie te han enseñado a no ser tan metiche –escandalizó Kevin
– ¡Hey! No seas así con la niña, la asustas –como si no pudiera defenderme y como si no estuviera presente – Por eso mi papá no te quiere. –confesó.
– Ni yo te dejo andar con este rubiecito. –dijo el tipo que menos habló en todo el trayecto, tan solo por traer la botella de cerveza en la mano.
– Anne, el es mi hermano Edgar Adams –apuntó a su dirección con la luz, se parecía a ella en lo rubio –Ya conoces a Kevin Witt, este tonto es George –el que me llamó cosita–
– Basta de presentaciones –nos dijo George, puso su tosco brazo entre mi cuello – ¡A lo que venimos!

Ahí, frente a nosotros la casa o si se podía decir así debido a que era bien una antigua residencia.
– ¿Está embrujada? –pregunté
– No seas infantil, claro que no, ha estado abandonada desde que mi madre era una cría, simplemente es una casa–contestó Edgar.
– No tiene nada especial –volteó a decirme Kevin – Solo trae recuerdos.

Iniciaron su parranda, excepto la única mujer, yo sin entender nada de su temperamento y los actos tan estúpidos que hacían.

– ¿Por qué estás aquí? –curioseé con ella.
– Me siento pésima, mi padres me prohibieron verlo desde antes de que su madre muriera – miramos a Kevin – Pero yo lo conozco, sé que sufre y lo único que puedo hacer para ayudarle es mi compañía a pesar de que… él piense que todavía puede ver algo entre nosotros.

No pregunté nada después de eso; ella y yo nos sentamos en el pasto solamente observando las estrellas, como si fuéramos cercanos o amigas recargó su cabeza en mi hombro. Pensaba que estaba dormida pero me susurro algo que sonaba claro.

– Si quieres ayudar a Kevin, te aconsejo que diga lo que diga, no le hagas caso.

Cuando menos creía ella se durmió y aunque se hubieran acabado las provisiones seguían actuando como tontos. Creo que pasó una eternidad, pero me arriesgué a estar a solas con esa persona que admiraba. Él se escabulló en los árboles y yo lo seguí. Estaba de espaldas y silbando.

– Me sigues acosando, niñita. –no me percaté de que… – ¿Te gusta verme meando? –…regaba un árbol.
– No me gusta
– Ya sé porque te dicen Meme, y si qué enciendes– se dio la vuelta, y se me pegó tanto que quise correr muy lejos – ¿Verdad George?

Ahora estaba junto a ese George, y no esperaba menos que ver lo que veía; se emprendió a desabrocharse su pantalón. Y ¡NO! ¡No quería que pasara!. Me tocaba de esa manera que causaba asco.

– ¡George! – vociferaron la voz de Brigitte y otra
– ¡Hola! – saludó la chica recién llegada –Mucho tiempo sin vernos.

Ella mantuvo la mirada con todos, incluida yo.

– Váyanse…– dijo – Antes de que lleguen.

Edgar y George cobardemente se apresuraron en correr antes que nadie. Brigitte le siguió, antes sujetando la mano de Kevin y jalando un tanto. Me quede sola.

– ¡Anne! ¡Apúrate! – chilló ella desde no muy lejos–

Di un último suspiro y deje sola a aquella desconocida. Anduve en ese lugar que no conocía, corriendo con todas mis fuerzas, atrás quedo el sonido de una patrulla de policías, corrí, corrí, y corrí. “¿Dónde estaba?” Me preguntaba, “¿donde está la salida?”

Me había caído accidentalmente por culpa de una maldita piedra, me dolía, pero qué más daba; luego no pude, bajé la mirada a una de mis medias que se había roto y que sangraba mi rodilla. Estuve quieta restableciendo mi respiración.

Fue un segundo o largos minutos pero enfrente de mí Kevin estaba. Me tendió la mano para ayudar a levantarme, no la acepté y me paré sin ayuda. No aguantaba estar parada, no iba a poder dar un paso.

Me maravillé, él y nadie más que él puso mis brazos entre su cuello y sin esperarlo, agarro mis piernas levantándolas.

– Agárrate –me exigió – Y cierra la boca, no lo hago por ti. Lo hago por la única persona que significa algo para mí.
Y tú para mí…

domingo, 30 de mayo de 2010

Erase una vez nosotros #capitulo 2




CAPITULO 2 -Todo comenzó con una zapatilla y término con un suicidio-

No quiero oirlos, pero ¿por qué siguen hablando? No digas que el sol saldrá mañana, porque contigo la mañana será más oscura que la noche.  Para ti de nuevo es primavera, pero mis estaciones no cambian. Incluso si mi corazón florece otra vez, no tengo un mañana.
Tablo ft Taeyang - Tomorrow


Evidentemente el mundo no se detuvo; el planeta azul siguió su recorrido día a día dándole tanto al sol como a la luna de aparecer. Pero para mí fue como si en verdad se hubiera parado.

Mi cuerpo estuvo en posición fetal; y un vago pensamiento se preguntó si había alguien más quien compartiera este gris sentimiento que ahora albergaba en mi corazón. No lo encontraría por medio de palabras, ya que ni una salía de mi boca.

Transcurrieron pocos días y sin ninguna sorpresa por parte mi familia, no me moví de mi habitación por ende no pise la escuela, y también dejé que mi celular se descargara, desconecté la línea telefónica, puse las cortinas en las ventanas y así me mantuve. Lo peor es que no podía dormir.


 No estés así Annette – dijo la voz monótona de Margarita, no la miré ni un segundo.

Me hallaba rígida al momento de medio pararme, pues ésta tocó mi cabello diciendo palabras inentendibles para mis oídos puesto que ella hablaba un dialecto de donde venía. Luego creo que lo tradujo.

–El señor y la señora llegaran pronto –después de un viaje de sabrá cuantas semanas en La Habana. –Si te ven así no estoy segura de lo que sucederá, mi niña. Ve y date una ducha, por el amor del santo patrón.

Inmediatamente en su intento de  dialogar conmigo, fui a la ducha, y enseguida de que se llenase la tina me sumergí en el agua. Así estuve hundida antes de hacer espuma con el jabón, en el fondo yací un rato hasta que tuve que respirar más que nada por necesidad. La puerta se escuchó y sabía quién era.

–Así que al fin decidiste salir de tu madriguera, qué sorpresa.

Volteé tensamente a verlo, traía su pijama, por lo menos.

– Y bien, ¿piensas decirle a mis padres?

Asentí agachando la cabeza, aunque mintiera, no pensé precisamente en ello.

–No te conviene, Annette, ya sabes, a mi me llevaran al psicólogo – se acercó a la tina para jugar con el agua – Pero a ti, ¿Quieres saber lo que te pasara?

El silencio contestó.

–Todos sabrán que no eres una señorita.–

Se quedó sonriendo alejado de mi vista, pero después me observó aún más sonriente.

–Puedes regresar a dormir conmigo, bueno, más bien en mi cama.

Con su jugosa sonrisa se dio la vuelta caminando lentamente; en el momento que cerró la puerta, di un grito tan terrible deseando que alguien escuchara el himno de mi dolor.

“¿Por qué tenía que ser de esta forma?” Me preguntaba nuevamente hundiéndome entre el agua jabonosa. Vale, yo era una desquiciada, aquello no era el fin del mundo, me repetía mientras me vestía.  Un suspiro final vio la luz.

Allí al lado de los últimos peldaños de madera, justo ahí se encontraban mi familia. Tanto tiempo sin estar reunidos había olvidado lo que se siente ese tipo situaciones. Daniel y Caroline sin dudarlo, buscaron un abrazo reciproco. Por mi parte me escondía viendo desde arriba apegándome al barandal, sintiéndome como una pieza de un rompecabezas que no encaja. Todos ellos vistos por mí como personas sin sentimientos.

“¿Y Anne?” oí que preguntaba Marvin, el señor de la casa. “¿Dónde está ella?” volvió a preguntar, en ese segundo sin comprender bien el porqué me lancé corriendo por las escaleras.

–Ah, hermanita– dijo Daniel al observarme– Había pensado que algo malo te había sucedido ¡Mira que no comer ni salir de tu habitación por tres días!

– ¿Qué tú, qué? – preguntó Marvin tan preocupado que me sentía incomoda; más cuando tocó mi frente con su mano.

–Parece que tienes un poco de fiebre. Ella no puede ir así –repitió conciso

– ¡¿Qué?! –gritó exasperadamente Johana – ¿Y la sorpresa que teníamos?

– ¿Cuál sorpresa, mamá? –cuestionó Daniel

– Íbamos a hacer un viaje a Big Bear, estaba estrictamente en nuestro itinerario y que por lo visto –mirada directa a mí– no podremos

– Cariño – susurró Marvin – Ella es parte de nuestra familia, te olvidas que por ella es el motivo por el que iremos.

–Estoy bien, Marvin –repetí cada palabra lentamente pero muy segura de su significado.

Sus miradas me calaban hasta los huesos, pero creo que divisé una sonrisa de cada uno de ellos, más visible la de Daniel, que le encantaba presumir de sus idas al odontólogo. No necesitaban decir que ya estaba listo todo ya que en un abrir y cerrar de ojos nos encontrábamos preparados para salir. Al fin y al cabo era fin de semana largo.

 Me hallaba, se puede decir, escondida en los sillones con la computadora portátil buscando en internet respecto a Big Bear, como siempre llegó de improvisto mi hermanito.

– Desde aquello esperaba verte llorando un mar de lágrimas, aunque lo mejor es que no me importa.

 Daniel, aléjate de mí ─ Lo que dije sonó contradictorio cuando yo me quise escabullir como si el fuese un ladrón. ─ Hablo en serio, bobo.

– Que bien que ya estés regresando.

– No te voy a perdonar.

– No estoy arrepentido ──

No dije nada ya que no sabía que contestar ante lo anterior. No fue tan necesario puesto que impuso su doble personalidad, me sonrió igual que un hermano verdadero lo hubiese hecho dejando a un lado lo molesto.

En mi mente estaba el insultarle lo más que podía, hasta que se sintiera afligido pero en ese momento llegó Marvin.

– ¿Listos? – gritó emocionado pero sin algún gesto por fuera, manteniendo su postura fría y a la vez cálida.

Big Bear no me sonaba a nada, hasta que busqué en el informativo google acerca de él. En verdad, no estaba preparada para que se tratara de un lugar turístico para esquiar.

Está bien, necesitaba tomar más aires para refrescar mi cerebro, o explotaría en cualquier rato y por una insignificante razón. Antes de que subiéramos a la Dodge Grand sentí una pequeña y extraña punzada, algo que me hacía pensar que yo era una especie de bruja mala. En ocasiones así lo creía pero más que nada por el hecho de estar con malhumor, pero esto era igual que una premonición veraz.

Estás idiota, susurré en la parte de atrás del carro.

– Eso creo –me contestó Daniel –Irte vestida de esa forma.

– ¿Qué tiene de malo?

– ¿Hablas enserio? Tan sólo mírate.

No lo hice porque sabía exactamente que llevaba puesto; un vestido negro con unas medias negras, con unas zapatillas converse negras y un suéter gris.

– ¿Nunca has visto la nieve, o has escuchado que hace frio?

Lo negué.

Me estuvo molestando de la peor manera que se le pudo ocurrir, contándome sobre él así que proseguí a un ¡No oigo, no oigo, soy de palo, tengo orejas de pescado! No sirvió de nada pues su chillante voz persistió. En un rato él, cayó rendido durmiéndose el resto del camino. Igualmente Caroline. Yo me recargaba en la ventana contemplando el magnífico paisaje de la carretera, a unos cuantos kilómetros después sentí el frío.

Llegamos al cabo de unas horas que se me hicieron que volaron puesto que no se hallaba muy lejos. Al salir del carro me concentré en que el sol brillaba pero todo el ambiente era muy frío. Todos llevaban ropa muy diferente a la mía, algunos llevaban unas tablas muy coloridas; me sorprendió ver que en una montañita con nieve niños caían de ella.

De pronto sentí mucho calor y dolor de cabeza en la recepción de las cabañas en que habíamos llegado.

–Bien, ya pueden hacer lo que les plazca, estas son las llaves de sus habitaciones, no la pierdan. Su ropa ya está allí, ropa nueva. ¡Oh Annette! te empacó Margarita la tuya .

“Ring ring ring, tenemos a un ganador” Nunca compraba ropa, normalmente lo que hacía era conseguir telas y hacer uno que otro modelo de vestidos. Raramente cocía faldas.

Me encantaba cocer y confeccionar, no solamente creaba lo que llevaba puesto, también se me daban las manualidades. En realidad, era para lo único que servía sin estropearlo.

De pronto cuando entre a mi habitación sentí una pinzada ¿Por qué de pronto quería salir corriendo y encontrarme con algo? Ya nadie de ellos me veía, sus habitaciones se encontraban lejos de la mía. Nada me ataba, ni mi Caleb ni nadie.

Podía huir cuando quisiera ¿Pero en realidad no era yo libre?

Esa sensación persistía, y mi ansiedad igualmente.

Uno, dos, tres ¡Corre, huye, pasa las escaleras, no voltees, algo allá afuera te espera! Me decía yo misma. Esa huida-correteada-troteada me recordaba a las de mi infancia que pasé junto a Caleb, una por lo menos a diario. Huyendo de todos, sin tener a nadie… tristemente lo extrañaba.

No quería parar aunque estuviera fatigada. Ya me hallaba en la carretera, y a pesar de que no hacía mucho tiempo viví entre las calles ahora se me dificultaba el escuchar los carros pasar con sus pitidos y la impresión de que algo estaba sucediendo. Me dio un hipo que intentaba controlar, volteaba a ver todos lados sin ver nada exactamente y noté como mis ojos se llenaban de lágrimas sin saber el motivo.

A unos dos pasos avispé algo, como si me miraran y giré a ver de quien se trataba. No hallé a nadie, sólo una tienda de antigüedades “Lo que nunca existió” se llamaba. Me dio un poco de curiosidad por el nombre y crucé la calle para entrar. La puerta sonó con ese ruidito molesto. Dentro había cosas muy poco interesantes para mí, colores opacos por todos lados y una canción de fondo un poco irritante. No se encontraba nadie dentro que no fuera yo, me quedé sin hacer nada.

El momento en que vi algo llamativo que brillaba en una vitrina lo observé sin pestañar, quedándome congelada, se trataba de un collar que ya lo sentía mío, por bonito y especial entre todos los demás. Decía “Te pertenezco” en letra cursiva, era pequeño y como dije lo sentía parte de mí.

– ¡No puede ser, cuesta $800 dólares! –Grité apabullante

–Al fin te encontré

Esa voz entró por mis oídos y no se iba, era tan varonil y tan única. Miré a mi lado encontrado a un hombre, o caramba viendo mejor era un joven que mantenía la vista en el collar. No pude continuar viéndolo y volví a intentar fijar la vista en la joya pero ya no estaba, otra vez giré y ya estaba en las manos del hombre. Esta vez lo vi, era tan difícil de explicar pero no podía despegarme, era un tipo que raramente hallarías en un día cualquiera. Y él no notaba mi existencia.

– No te emociones, yo lo vi primero – le dije esperando que me notara, pero no lo hacía, seguía aferrado al collar como una de las 7 maravillas del mundo.

Le chifle para que entendiera que era a él a quien llamaba.

─ No te hagas el desentendido, yo entré a esta tienda mucho antes que tú ─

– Entonces debo suponer que tienes el dinero para pagarlo – contestó clavado en tan peculiar joya.

– ¿Qué diantres? ─ repetí ─ Me niego a discutir con alguien como tú.

Paró de dejarse cautivar por el collar para concentrarse un segundo en mí. Este traía unos lentes de sol puestos, una camisa de manga larga negra, pantalón negro y… ya no quise ver abajo como si fuera un escáner. Algo me hacía querer acercármele. Era tan…

¡Alto! Antes de seguir dejando que mis hormonas me gobernaran, salí de la tienda dejando pasar ese suceso.

No muy lejos de ahí, me senté en la acera pensando en exactamente lo que tendría que hacer. Suspiré queriéndome levantar rápidamente. Se me entumió la pierna, no le di mucha importancia el que yo diera una patada, pero ¡Bam! Una de mis Converse salió volando por medio de la calle. Yo hubiera metido un esplendido gol si jugara futbol. En cuanto tocó tierra firme, me dispuse a brincar con un pie para rescatarla, di dos brinquitos cuando me convertí en una estatua, no lo vi llegar. El tipo de la tienda de antigüedades la agarró cuidadosamente, yo escuchaba el palpitar de mi corazón.

Él caminó en medio de la calle y venia directo a mí; lo suponía, sin embargo por el ángulo en que su rostro estaba probablemente volvía empeñarse en no notarme, sus pasos eran muy lentos. Cuando llegó a mi lugar volteé para perder el contacto visual. Estiré mi mano para que me la diera resignada a no verlo nunca más.

No podía creer lo que sucedía, miré al frente y ya no estaba allí parado, luego sentí que alguien me tocaba el pie, él se hincó para ponerla. Aprendí a conocer a los chicos, era igual que todos. Jugó conmigo sobre "Parezco un chico malo que no me importas porque estoy buenísimo y consigo lo que quiero, pero en realidad busco de ti, ya sabes…"

 Un ruidito salió de mi pecho y no se trataba de hipo

– Lo hubieras dejado– solté secamente directo a sus botas negras, no eran como las que traían los demás para esquiar, estas eran más de estilo soldado. Deje instantáneamente de verlas, pues realmente no me importaba sus zapatos ni los de nadie.

– De nada – Contestó, de inmediato sentí escalofríos en mi espalda–


Mis pensamientos, mi cuerpo, mi todo estuvo perplejo en el segundo en que se quitó los lentes de sol, su rostro era tan intimidador para alguien como yo. No había dado con que sus ojos eran de un hermoso color miel, no amarillos, eran café claro. Ellos resaltaban con su cabellera negra, y ese corte tan moderno que no quedaba con la forma en que hablaba.

Igual a todos, me volví a repetir

– Nos vemos, chico de negro – finalicé sarcásticamente.

En su mirada vi algo, ya que todo lo demás se mantenía igual.

– Es irónico que lo digas de tal forma, cuando tú también estás de negro, damita.

Si, fue algo tonto que le comentará aquello. Pero aunque yo no le llegaba a los talones, y menos por la edad, tenía la frente muy en alto porque yo resolví su jueguito.

Regresé con mi paso firme caminando por el lugar, no esperé que me siguiera.


– Discúlpame – comentó siguiéndome el paso sin dificultad – Es sólo que ocurre que estuve buscando un collar como ese desde hace tiempo. Mi abuelo solía decirme que su padre tenía una promesa de amor, y que un collar que dijese “Te pertenezco” era su instrumento.

– Todo eso es muy lindo ─y extremadamente cursi─ ¿Pero por qué me sigues?

– No te estoy siguiendo ─dijo con semblante seco.

Nos quedamos quietos, me percaté de que mi corazón seguía latiendo fuertemente.

– Vamos por un café

Ni siquiera me lo pedía y eso me molestaba. Tan rápido se me paso la molestia, pues se puso a mi lado haciendo ademan de que una cafetería estaba al lado. Tanto me sorprendí que otro ruidito se escapó de mi pecho. Iba entrar al lugar pero éste se me adelanto para abrir la puerta e incluso sosteniéndola para que entrara.

– No era necesario – susurré. Cada vez me quedaba más claro que sus tácticas las aplastaría. Aunque no tuve validez, fui yo la que accedí a ir por un café con un extraño. Que era guapo y poco simpático.

Quería ir a la caja a pedir y apagar, nuevamente el tipo sin nombre me ganó. Nos sentamos en una mesa que estaba pegada a una gran ventana que daba vista a la carretera. Él se sentó frente a mí.

Cuando toqué la taza tan cálidamente caliente, noté que mis manos se encontraban congeladas y que ese vapor salía por mi boca.

– ¿Cómo te llamas? –pregunté soplando al café.

– Tienes los labios morados.

– ¿Así te llamas? ─incluso me burlé aun cuando mis dientes cascabeleaban.

No le causó gracia, suspiró suavemente.

– Creo que mi nombre no es importante. Mejor juguemos “Verdad o castigo”

– No lo he jugado y por lo tanto...

– Solamente tienes que escoger entre las dos, si decides verdad me contestaras sin mentir lo que te pregunte, si escoges castigo tendrás que recibir uno.

– ¿Y cuál es el chiste de ese jueguito?

– De que no sabes lo que yo diré – respondió recargándose atrás de su asiento

– Está bien, después de todo te debo el café. – no pensé en las consecuencias, lo único que estaba consiente era de que no quería que un extraño supiera de mi vida– Castigo

– Acuérdate de mí.

– ¿Qué clase de cosa estás pidiendo?

– Es tu castigo, lo tienes que cumplir, punto.

– Es como si me pidieras que te espere, ¡a un extraño!

        Dicho en otras palabras, tienes razón.

– ¿Sabes que das miedo?

– Desde luego. ─ mostró una especie de mueca extraña.

Se levantó de la mesa, devuelta a ponerse sus lentes de sol, que por cierto lo hacían ver como un idiota puesto que no había sol, ¡ah! También creí que le quedaban bien y hasta pensé que era atractivo, no obstante eso era lo de menos. No deseaba pensar así, pero le iba a dar la palabra.

– ¿Te vas?–

–Si – buscó algo en su bolsillo –No olvides cumplir tu castigo. ─pidió con la entrega del hermoso collar.

– ¡Que estúpido, tanto para nada! ─me quejé, este tipo había hecho demasiado por la reliquia.

–Mira, no tengo tiempo para esto. Sólo te pido que lo conserves contigo.

– ¿Cómo vas a estar seguro de que no venda el collar y de que no lo pierda?

– Confiaré en ti, damita. Me lo devolverás en cuanto te vuelva a ver. ─lo sostuve entre mis manos.

Salió por la puerta, yo quería perseguirlo, pero otra vez me sorprendí cuando vi entrar a Daniel con Caroline a su lado; ella lloraba y él parecía molesto e irritado como muy pocas veces.

– Aquí estabas ¿Por qué te alejaste tanto del hotel?

Así que ellos no estaban consientes de que mi intensión era huir, interesante.

– ¿Qué hacen aquí?

– Nos tenemos que ir inmediatamente.

– ¿Por qué?

– Tía Miranda acaba de fallecer.

– Lo siento – repetí cabizbaja

– Si, y tú tomando café, mis padres están a unas cuantas cuadras, tomaremos el primer vuelo para irnos. Ve con ellos, nosotros compraremos café para el trayecto.

Y así lo hice, mis planes se hicieron pequeños y mejor volví al camino fácil donde era una mantenida.


–  Por qué te retienes de hablarles con esa boquita que necesita jabón, como lo haces a mí– era otra vez el chico de más o menos mi edad–

– Tu caso es muy diferente –comenté furiosa.

Se acercó a donde yo estaba, agarro mis manos, su contacto creó una explosión de sentimientos. Me hundí en ellos hasta que aprecié que me colocó unos guantes.

– No los necesitaba– fue lo que salió de mi boca

– Jamás creas que esto es un sueño.

–Muy bonito lo que dices, pero no le hayo sentido que recuerde lo que me dice un desconocido sin nombre.

– Me llamo Peter.

– ¿Por qué tus padres escogieron ese nombre tan...? Bueno, olvídalo, mi nombre es Anne.

─ Como tú dijiste, no era necesario.

No se despidió, no hizo nada más que irse lejos de mi vista. Cada vez más lejos y yo sentía que me abandonaba para siempre. Para colmo los Miller los hallé extremadamente violentos, como si tuvieran cola que les pisaran. Nos fuimos de ese lugar y cuando menos espere ya nos encontrábamos en un aeropuerto, sin equipaje, solamente las tarjetas de crédito pertenecientes de Marvin.

Jamás había volado en un avión, me hallaba nerviosa por el proceso tan largo. Pero después cuando abordamos, regresó en mí el pensamiento de Peter, ese chico. Creo que me dormí todo el recorrido para llegar a una escala. Luego de varias horas continuamos el viaje.

Lo único que sé es que llegamos de noche y no sabía exactamente donde estábamos ya que los demás se la pasaban melancólicos, no me atrevía a preguntar. Además de cuando arribamos a una ciudad viajamos por vía terrestre. Nuestro viaje partió de una estación de tren y me atreví a preguntar nuestro paradero. Daniel me respondió que en un pueblo llamado Shamley Green. Seguía teniendo sueño y me volví a dormir en el camino al lugar ese.

– ¡Anne, vamos! –me despertó Danny
–Por fin –dije estirando los brazos –lo sentí tan eterno
– Porque estamos al otro lado del mundo
– ¿En serio?
– Si, y estás a punto de conocer a toda la familia de mamá, todos ellos son muy raros. En especial mis primos. Bueno tal vez te agraden.

Todos bajamos de allí, afuera nos encontraba un señor bastante canoso. Él les dio el pésame, y ellos a él. Me miró de reojo pero no dio seña de que le importara mucho. Igual a mí.

Cerca se encontraba una pequeña mansión, no tanto pero tampoco era un castillo. Sorprendentemente ese era el hogar de la fallecida señora Miranda. Tenía entendido de lo que escuchaba de la plática de los mayores era que ahí vivían la fallecida, sus hijos, y el señor que nos acompañaba, y él como era un militar no estaba ahí muy seguido, además de que él no era el padre del primer hijo de Miranda, ya que ésta tuvo una relación fallida anteriormente.

Dentro de la casa, no me importó la hermosa decoración colonial. Escuchaba llantos de otras personas, reencuentros familiares, abrazos y toda una atmosfera que me hacía sentir irrelevante.

– Sin querer estás vestida para la ocasión, toda de negro.

– Ni por un fallecimiento puedes comportante, bobo.

– Danny, hijito busca a Kevin por mí – pidió Johana desconsolada, nuestra madre y a punto de volver al llanto.

– Anne, ve tú por él

– ¡Valgame! Ahora soy tu mandadera – Alcé la voz y todos me voltearon a ver.

– Anne si tu hermano te pide un favor, agradecería que lo cumplieras. – comentó Marvin igual de triste que su esposa

– Lo hare pero debe haber una explicación ¿Verdad Daniel?

– ¡Lista! Kevin es un chico un poco violento, hace unos cuantos años me seguía haciendo moretones.

– ¿y cómo lo reconozco?

– Tiene un año menos que yo, es bastante alto y gordito, es rubio, y probablemente lo primero que te hará es darte un puñetazo.

 Por supuesto, es de familia. Ustedes son unos zoquetes

– ¡Rómpete una pierna! –me gritó cuando subía las escaleras.

Buscaba a ese tal Kevin, por todos lados intentando quitarme el miedo a la oscuridad. Fue inevitable pues al escuchar el maullido de un gato comencé a gritar y a correr como loca por el largo pasillo hasta entrar en una especie de ático. Ni idea de cómo llegué ahí.

Junto a la ventana reflejando la luz de la luna en su cara estaba un chico que si era alto, si era rubio, si parecía tener unos años menos que Daniel, pero no era gordito ni mucho menos.

– ¿Tú eres Kevin?
– Depende. – contestó con voz entrecortada
– Es un alivio, te estoy buscando, espera, ¿Qué haces?

Yo vi como en un segundo abrió la ventana y… ¿Quiso saltar por ella?


¿Y si digo que volví…?

¿Y si digo que volví…? Alguna vez lo dije y lo repito: el tiempo sin duda pasa a gran velocidad. No estoy precisamente segura que hay...